miércoles, 30 de noviembre de 2016

El culto



Maximiliano Basilio Cladakis

   Mammon aguarda, en silencio, con los ojos cerrados y las manos apoyadas sobre las piernas entrecruzadas. Adrian juega con una pequeña cruz entre sus manos, nervioso. Una elección absoluta que sellará su destino por siempre se abre ante él como un abismo inhóspito. “Ninguno puede servir a dos señores; porque aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro”. La sentencia se repite infinitamente en su mente mientras los grises se desvanecen presentándose como una ficción a la que se recurre únicamente para justificar pequeños y mezquinos actos cotidianos. Al fin de cuentas, siempre se trata de “blanco” o “negro”. Adrian no sólo lo sabe, sino que lo vive. Una profunda sensación de indeterminación recorre cada parte de su cuerpo; cada uno decide por el blanco o por el negro, sin excusas; el peso de la libertad ahoga todo intento de  justificación. “La angustia es el vértigo de la libertad”. El futuro, la familia, el reconocimiento de los otros que se consuman en la supuesta magnificencia de ser alguien; mandatos y promesas de paz perpetua lo atraviesan en carne y alma. Lo otro es la nada. Sin embargo, esa nada también lo corroe. La mera gratuidad de existir, del inefable “porque sí”, la dicha de los desdichados. “Sólo por amor a los desesperados mantenemos aún la esperanza”. Todo eso también tiene sentido, tanto o más que lo otro. O, quizá, no haya algo que tenga sentido sino que al elegir y elegirse aparece un sentido hasta entonces inexistente. La elección genera el culto, no al revés. Dos cultos, una elección, según la elección un culto existirá y el otro no. “Cada hombre es responsable de todo ante todos”.  Adrian suspira. Lleva a cabo la orden. Lo hace porque sí, porque elige hacerlo, porque elige creer en su futuro y en su progreso, ideales casi mesiánicos que decide transformarlos en una realidad tan maciza como el acero. Aprieta un insignificante botón y cientos de personas quedan sin trabajo. La cruz cae de su mano y Mammon abre los ojos sonriendo.


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