martes, 7 de enero de 2014

Deshistorialización y despolitización



Maximiliano Cladakis

   Una de las características de la posmodernidad es la deshistorialización de la temporalidad. A diferencia de la modernidad, en donde la temporalidad era comprendida como temporalidad profundamente histórica, la posmodernidad reduce el tiempo a un presente continuo. Esta reducción configura una conciencia deshistorializada que resulta difuminada en un perpetuo “ahora”: el “ahora” como momento insuperable, como momento “autónomo” de toda relación con las otras dimensiones temporales, como momento a la vez efímero y eterno en que la conciencia se aliena, volviéndose, por lo tanto, una conciencia frágil, débil, una conciencia que se disuelve en la “muerte de la conciencia”, en la “muerte del sujeto”, en la “muerte del hombre”.

   Deshistorializar la conciencia es desubjetivarla, y, por lo tanto, “despolitizarla”. A pesar de algunos no poco valiosos intentos por pensar una política sin sujeto, la deshistorialización y desubjetivación, en el terreno de la praxis, conlleva a la anulación de lo político en cuanto tal. Precisamente, en los momentos de apogeo del neoliberalismo (que coinciden con los momentos de apogeo de la posmodernidad), los poderes económicos, corporativos y mediáticos han desplegado su dominio global sobre una conciencia “muerta”, cosificada en un “ahora” divinizado. En su libroFilosofía política del poder mediático, José Pablo Feinmann lo señala muy bien: la posmodernidad postula el debilitamiento del sujeto, e, incluso, su muerte, al mismo tiempo que el sujeto de dominación se vuelve un sujeto fuerte, poderoso, absoluto (más absoluto que el sujeto hegeliano, dice Feinmann). El sujeto debilitado no es otro que el sujeto dominado; este debilitamiento se da, mientras el sujeto dominador crece y crece, extendiéndose, de manera metastásica, sobre un mundo homogeneizado.

    Precisamente, hay un entrecruzamiento necesario, ineludible, entre subjetividad, historia y política. Un proyecto político que intente transformar el mundo (como lo exigía la tesis 11 sobre Feuerbach) requiere de una conciencia profundamente histórica que supere el mero “ahora”. La deshistorialización de la conciencia anula el concepto fundamental de toda política que tenga, por finalidad, extender el campo de lo posible, como lo requería Sartre. Este concepto no es otro que el de “praxis”. En efecto, la praxis significa la reapropiación y transformación de la historia en pos de un futuro posible, donde lo que “no es” ahora se vuelve una posibilidad futura. La praxis es, al mismo tiempo, negación y afirmación de la historia en una dialéctica en donde se articulan el presente, el pasado y el futuro.

   Este vínculo insoslayable entre historia y política ha sido señalado por varios de los pensadores y autores más importantes de la modernidad y de la contemporaneidad: Maquiavelo, Hegel, Marx, Gramsci, Sartre, entre otros. En el proemio a los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Maquiavelo advierte acerca de la necesidad de la comprensión histórica para la transformación del presente; toda la obra de Marx tiene como finalidad el conocimiento de la historia para  superar el régimen de dominación capitalista; Gramsci sostiene que la política es la historia en tiempo presente; Sartre, en la Crítica de la razón dialéctica, señala los riesgos de una praxis que haga la historia sin comprenderla; los ejemplos, son, por lo tanto, múltiples.

   La historia y la política, entonces, se encuentran ligadas de tal manera que la anulación de uno de los términos implica la anulación del otro. La praxis política es una praxis histórica y la praxis histórica es una praxis política. “Hacer historia” es comprender los sentidos latentes que subyacen en la “historia pasada” (que nunca es, realmente, del todo “pasada”) reasumirlos en una praxis que transforma lo dado y abre el horizonte hacia una nueva etapa histórica. Y eso es política.

    Vale destacar, también, que la historia, en cuanto tal, se constituye como el entrecruzamiento dialéctico de las acciones particulares y colectivas. El tiempo histórico es, por lo tanto, un tiempo esencialmente intersubjetivo. La historia es “nuestra” historia, la historia es, siempre, historia colectiva. La reducción posmoderna del tiempo como “tiempo-ahora” quiebra, pues, con las lógicas de lo colectivo, para serializar  las conciencias, reducirlas a un mero “yo” abstracto, conllevarlas a la categoría de “individuos” a partir de la cual, cada uno es principio, medio y fin de todo obrar , al mismo tiempo que repetición constante de la penetración ideológica de los poderes fácticos que, en posesión no sólo de los medios de producción sino también de los medios de comunicación, instauran el hegemónico discurso del  “yo”. Ahí está la paradoja: el hombre serializado se considera lo universal desde la más absoluta individualidad y repite, discursiva y prácticamente, todo lo que los demás individuos serializados. El hombre serializado se regodea en su “unicidad absoluta”, pero esa “unicidad absoluta” es una introyección de la ideología dominante, que afirma, en cada uno, la propia unicidad, para ejercer, así, su poder de dominación. Es decir, la unicidad del hombre serializado es la unicidad de un Ford T en una cadena de montaje.

   Ahora bien, la condición de posibilidad de la política es la conformación de un 

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