viernes, 12 de julio de 2013

La patria como proyecto colectivo

Charla dada en el Instituto Terciario Padre Elizalde  con motivo de la conmemoración del 9 de julio



   Maximiliano Basilio Cladakis
En la idea de la felicidad, por decirlo de otra manera, resuena inalienable la de la redención. Con la idea de pasado, que la historia hace asunto suyo, ocurre lo mismo. El pasado lleva en sí un secreto índice que lo remite a la redención. Pues ¿no nos acaricia un soplo del aire que acarició a los antepasados? ¿No hay en las voces a las que prestamos oídos un eco de las que se extinguieron antaño?
(Walter Benjamin, Tesis acerca de la filosofía de la historia)

     Hoy nos encontramos conmemorando una fecha fundamental en el devenir de nuestra historia como pueblo: el 9 de julio de 1816 se declaró, ni más ni menos, que la independencia de nuestro país. Los hechos son conocidos: el congreso realizado en Tucumán, la ruptura formal con el dominio español, el surgimiento de una nueva nación soberana, etc. Sin embargo, además del recuerdo de los hechos, la conmemoración implica, también, una reflexión en torno al pasado, reflexión que se encuentra comprometida con el presente y con el futuro. Reflexionar sobre el pasado es, siempre, reflexionar también sobre el presente y sobre el futuro. En este sentido,  la reflexión acerca del 9 de julio de 1816 puede desembocar en la reflexión acerca del sentido que tiene, para nosotros, la independencia de nuestra patria, lo que conlleva, a su vez, a reflexionar sobre aquello que llamamos “patria”. 
    En el caso que nos convoca, la reflexión bien puede tomar un camino que implique retrotraernos hacia los albores del movimiento revolucionario que, iniciado en 1810, culminaría en nuestra independencia. Precisamente, en ese 1810, nos encontramos con figuras ejemplares, cuyas ideas y acciones movilizarían a los acontecimientos producidos años después. Ideas y acciones, vale aclarar que, incluso hoy, nos siguen movilizando e interpelando, a nosotros, pasados ya más de dos siglos. Una de esas figuras ejemplares es, sin lugar a dudas, la de Mariano Moreno.
   Jean Paul Sartre decía de Ernesto “Che” Guevara que se trataba del hombre más completo de su tiempo. Nosotros podríamos decir que Mariano Moreno, junto a Belgrano y otros, fueron algunos de los “hombres más completos de su tiempo”. Abogado, periodista, intelectual, político, la figura de Moreno encarna de manera cabal esa figura que, surgida al calor de la Revolución Francesa, presentaba al hombre entregado, en cuerpo y alma, a una causa; en este caso, la Revolución.  Nadie dudaría en atribuirle a Mariano Moreno, dos adjetivos fundamentales a la hora de describirle: “patriota” y “revolucionario”. Precisamente, en el pensamiento de Moreno, ambos adjetivos se encuentran absolutamente consubstancializados: ser patriota es ser revolucionario y ser revolucionario es ser patriota. 
    Si bien los conceptos de “patria” y de “revolución” poseen una cantidad tal de significados que los pueden volver, como muchas veces ocurre, “significantes vacíos”, en Moreno poseen un significado bien concreto que se corresponde a un proyecto político igual de concreto. Este proyecto político se encuentra, en parte, constituido por las dos grandes influencias intelectuales e históricas que atraviesan su pensamiento y su obra: por un lado, la filosofía política francesa, esencialmente la de Jean Jacques Rousseau; por otro, los levantamientos insurreccionales de los pueblos originarios en los siglos previos al XIX.  
   En este sentido, me interesan destacar tres elementos claves del proyecto morenista a partir de los cuales se articulan los conceptos de “patria” y de “revolución”:
1.-  La soberanía popular: Mariano Moreno tradujo El contrato social de Rousseau. El objetivo por el cual Moreno realiza esta traducción no se debe a un interés meramente teórico o intelectual, sino, como él mismo lo señala en el prólogo, su finalidad es hacer saber al pueblo los motivos que guiaban a la Revolución. Precisamente, una de las tesis fundamentales del texto de Rousseau es que la soberanía popular es la única fuente de legitimidad de un gobierno o sistema. A diferencia de Hobbes, para Rousseau, el soberano no es una persona o un grupo de personas, sino que el único soberano es el pueblo. Todo régimen que no se fundamente en dicha soberanía es una tiranía. Para Rousseau, por lo tanto, ninguna ley ni institución puede preceder a la soberanía popular que se expresa por medio de la voluntad general. Aun la mejor ley, si no se funda en esta soberanía, no tiene legitimidad.
2.- El bien común: Rousseau sostiene que la finalidad del pacto social es el bien común. En este sentido, los intereses particulares no pueden estar por encima del interés general, sino, por el contrario, se deben subordinar a este. En el Plan revolucionario de operaciones, atribuido a la pluma de Moreno, se advierte, igualmente, que la elección del interés particular contra el bien común es uno de los principales atentados contra la Nación. En Rousseau y Moreno nos encontramos, pues, con límites claros al liberalismo. Si el interés particular es la base nodal del liberalismo, Rousseau y Moreno le ponen un límite bien concreto: el bien común. Sin embargo, no se trata de anular los intereses particulares, sino de que estos no entren en colisión con el interés general. En cierta medida, el liberalismo debe ser un instrumento, y no más que eso, para el bien común.
3.- La inclusión de los excluidos: Formado en la Universidad de Chuquisaca, Moreno tuvo un contacto temprano con las experiencias de los pueblos originarios, tanto con sus insurrecciones como con sus padecimientos. Cabe destacar que los primeros trabajos de Moreno estuvieron orientados a la defensa de los pueblos originarios. Llegado el momento de la Revolución, Moreno y sus partidarios, concebían que los pueblos originarios debían ser sujetos políticos partícipes de un Estado de derecho. En este punto, no es difícil ver las diferencias entre el proyecto morenista y el proyecto político-económico instaurado en la Argentina a partir de la segunda mitad del siglo XIX, donde, bajo la egida de la irreductible oposición entre “civilización” y “barbarie”, los pueblos originarios fueron catalogados, sin más, de “bárbaros”, y excluidos, por tanto, de la formación del Estado Nacional. Precisamente, en la letra original del Himno Nacional se emparenta intrínsecamente la causa de los pueblos originarios con la causa de la Revolución. Una estrofa de aquel Himno dice: “De los nuevos campeones los rostros/ Marte mismo parece animar/ la grandeza se anida en sus pechos/ a su marcha todo hacen temblar/Se conmueven del Inca las tumbas/y en sus huesos revive el ardor/lo que ve renovando a sus hijos/de la Patria el antiguo esplendor”. Estos versos serían, luego, cercenados del Himno Nacional, junto a otros, durante la presidencia de Julio Argentino Roca quien, casualmente, unos años atrás, había llevado a cabo la matanza de nativos más grandes de nuestra historia en la llamada “Conquista del Desierto”.
    Ahora bien, retomando lo dicho al comienzo de este texto, estos tres elementos claves del proyecto político morenista nos pueden servir para pensar el sentido de la independencia de nuestra patria, e, incluso, el sentido mismo de “patria”. Si la patria se asocia a un proyecto colectivo fundado en la soberanía popular, en el bien común y en la inclusión de los excluidos, la independencia se torna como instancia absolutamente necesaria para la realización de dicho proyecto. La subordinación y sumisión a los intereses de una potencia extranjera, pues, inhabilitan la conformación de una comunidad plena constituida por un proyecto colectivo propio. No se trata de ningún tipo de chauvinismo, sino, por el contrario, de un cercenamiento real a la hora de llevar a cabo la realización de la patria como comunidad. La subordinación al extranjero implica la claudicación, tanto de la soberanía popular como de la búsqueda del bien común, ya que, tanto la toma de decisiones, como los intereses que tendrán primacía, no pasarán por la propia comunidad, sino por los de dichas potencias.
    A lo largo de nuestra historia, muchas veces la “patria” fue comprendida como una especie de entidad metafísica que se encontraba “más allá” de nosotros, a la que debíamos subsumirnos de manera totalmente pasiva. Son conocidos los intentos de algunos pensadores y escritores por encontrar una “argentinidad” pura, una especie de esencia de “lo argentino”, que, acabada y cerrada en sí misma, dé respuesta a la imposible pregunta acerca de “¿Qué es lo argentino?”. En este aspecto, podríamos hablar de una “patria-fetiche” que se presentaba como algo ajeno y extraño a nosotros mismos. Justamente, esta “patria-fetiche” ha sido, en más de una ocasión, una forma de legitimar los crímenes más atroces. En nombre de la “patria-fetiche”, pues, se han llevado a cabo golpes de Estado contra gobiernos fundados en la soberanía popular para luego instalar dictaduras que no tenían más legitimidad que la fuerza de las armas; en nombre de la “patria-fetiche”, también, se han antepuesto intereses sectoriales y corporativos contra los intereses generales; en nombre de la “patria-fetiche”, incluso, se han perseguido, torturado y masacrado a miles de compatriotas.
   Esta “patria-fetiche” es lo opuesto a la comprensión de la patria como proyecto colectivo del cual cada uno de nosotros forma parte. Pensar la patria como un proyecto colectivo, inserto en una historia, con miras a la soberanía popular, al bien común y a la inclusión de los excluidos nos abre la posibilidad de pensarnos a nosotros mismos como la esencia misma de la patria. No una esencia acabada, cerrada sobre sí misma, ni tampoco bajo el modo metafísico a partir del cual la patria sería un universal del cual cada uno sería una encarnación particular. Por el contrario, se trataría de pensar en una esencia que nosotros mismos vamos construyendo, a partir de nuestras particularidades, de nuestros esfuerzos, de nuestros compromisos con una comunidad de la cual formamos parte. En este aspecto, “patria” no es un concepto metafísico, sino  político, pero no en  el sentido partidario del término, sino en el sentido aristotélico, a partir del cual, la política significa vivir en comunidad, lo que representa el estadio más elevado de la dignidad humana.
   Si traemos al presente y actualizamos los elementos constituyentes del proyecto político de Mariano Moreno, nos encontramos con el hecho de que “hacer patria” puede tener un significado muy distinto al que, tradicionalmente, se le ha dado. Si la patria es un proyecto colectivo que tiene como máximas la soberanía popular, el bien común y la inclusión de los excluidos, “hacer patria” tiene un sentido concreto y que está al alcance de todos nosotros. “Hacer patria” es defender la democracia y las instituciones que la representan  y sustentan. “Hacer patria” es no dejarnos atravesar exclusivamente por el individualismo y el egoísmo, saber que nuestras intereses particulares son legítimos pero que, a la vez, hay intereses generales que debemos tomar en cuenta y que, a su vez, esos intereses generales son también, en tanto partícipes de una comunidad, nuestros propios intereses. “Hacer patria” es comprometernos con el otro, con el más vulnerable, con aquel que aún no goza de los derechos de los que nosotros sí gozamos, poder ver en él un sujeto de derechos, poder ver en el más vulnerable una tarea que nos compromete a todos nosotros en tanto él también es la patria.
   Tal vez comprender de esta manera la frase “hacer patria” suene menos épica, menos grandilocuente, menos homérica, que aquella forma de comprensión que exigía para la patria guerreros dispuestos a matar o morir por ella, hombre “viriles” que, espada o fusil en mano, estaban dispuestos a sacrificar todo por la patria. Sin embargo, esta otra forma de comprender el “hacer patria”, que involucra otra forma de comprender la “patria”, a pesar de ser menos épica y grandilocuente, tal vez sea más humanista, más ética, menos impiadosa y menos cruel. Y, quizás, también, se trate de una forma que, en el fondo, sea realmente más patriótica.






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