lunes, 26 de septiembre de 2016

Dieciséis


Edgardo pablo Bergna
16. Junio. 1955.
     El ruido es adormecedor, primero aturde, luego se siente un cosquilleo que empieza por la punta de los dedos y el humo hace que los ojos... los ojos no son los que lloran, lloramos nosotros. En nuestra retina se imprime con nitidez la sangre, y el rojo siempre se acompaña de negro, de ausencia presente o presagiada, de anulación y aniquilación. Como un no color rompe los tímpanos y enceguece. Lo que cae de los tanques de combustible de los Gloster siega la luz. Cae el prístino fuego inaugural de la aeronáutica de la nación sobre nosotros, el pueblo de la Nación.

    Lo ardiente carboniza, niega y atormenta; aún ahora, y a la hora en que la luz y los sonidos que les son familiares a la plaza no aparecen porque ya antes fueron desaparecidos;  aun antes  que  nuestros desaparecidos. Allí quedaron los sonidos y los colores, allí quedamos nosotros que veníamos de lejos. De lejos a conocer la plaza que tronaba y que sin embargo, pensábamos, tronaba de fiesta,  de bienvenida, la plaza que todos debíamos habitar porque era útero-nido-esperanza.

     Cristo-vinci  es odio -vinci  y se recortaba materializado en la figura del águila que vomitó el fuego sobre nuestros guardapolvos blancos recién llegados, recién planchados porque fue necesario segarnos a nuestra llegada para que no viviéramos la plaza de nuestros derechos. Para que no quedaran testigos.

16. Septiembre. 1976.

    Otra vez el ruido adormece, son ruidos agudos como si se sintonizara la radio y de vez en cuando se oyen voces, los ruidos se oyen, los sonidos hay que aprender a escucharlos y aquí solo se oye. Los motores rugen siempre un poco antes del amanecer ¿es el mismo rugir el de un unimog y el de un falcon? El color es el mismo.  Los colores se ven, en la noche hay que aprender a mirar. Las puertas se golpean con fuerza y se astillan como los huesos, algo hay en  las puertas y en los huesos que les son tan atractivos –a ellos- ¿serán las astillas húmedas en un caso? Las puertas no sangran, ellas nos dejan expuestos.

    Tal vez el disco esté demasiado fuerte y despierte a los demás, los dibujos no acaban de despegarse lo suficiente de la pared y queden detrás de las paredes. Esta mañana no habrá que ir a clase, es peligroso, el apoyo escolar que damos en el asentamiento, paradójicamente, hace peligroso ir a tomar clases, caminar por la diagonal o encontrarse con un compañero, todo dicen, es peligroso, o casi todo. Tomar un colectivo es mas seguro que caminar ¿podremos lograr el boleto estudiantil? Uno piensa mientras viaja y deja todo en manos del chofer, se ve el mundo en otra dimensión. Desde el colectivo el falcon se ve pequeño.


    El agua se filtra en la pared, está verdosa, enverdecida como el destino de los moretones, y fría, da lo mismo que sea la pared o el agua. Mis piernas están como la pared, un cosquilleo que empieza por la punta de los dedos, y ahora brota el rojo que siempre se acompaña de negro, los ojos no son los que lloran, lloramos nosotros. Ya no las siento.

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