domingo, 7 de febrero de 2016

Una crónica

Maximiliano Basilio Cladakis

   Le pago al taxista y me bajo del auto. Si bien faltan varias cuadras, el tráfico y las palabras interminables del conductor, hacen que opte por caminar. Es una tarde calurosa en extremo, insoportable. Se trata de uno de esos días de diciembre donde los últimos estertores de la primavera se desvanecen frente al avasallante advenimiento de un verano que se anuncia omnipotente. El sol y el asfalto se combinan para convertir el microcentro porteño en un magma incandescente. La gente, tanto automovilistas como peatones, parecen correr una carrera interminable, ser minúsculas partículas de una misma oleada de magma irrefrenable. Apurados, embotellados, envueltos en sudor, atravesados, o mejor dicho, partícipes de un calor que no es sólo físico, sino también espiritual, psíquico, existencial.

   La llegada del verano, de las fiestas, de las vacaciones, todo aunado en unos pocos días en los cuales el mundo parece terminar, constituyen una escena que se repite cíclicamente, año tras año. En este aspecto, esta clase media que se encuentra ligada simbióticamente al espíritu de esta ciudad da la impresión de ser una demostración empírica de la tesis nietzscheana acerca del Eterno Retorno. Sus actos, conductas, discursos se reiteran con una precisión casi exacta cada cierto periodo de tiempo.  Son predecibles, de la misma manera que lo son las elipsis de los astros, siempre en movimiento, para atravesar una y otra vez el mismo punto. Incluso sus estados de ánimo varían como varían las estaciones para retornar eternamente una a la otra. 

   Sin embargo, más allá de toda previsión, al igual que en la naturaleza, hay en ellos algo de inescrutable. Están alegres, sin lugar a dudas; así y todo, no lo parecen. Aman las fiestas, el calor, las vacaciones, proyectar todo lo que harán entre la última semana del año que muere y la primera del que nace; este es su mejor momento. Incluso, el inicio de una nueva etapa histórica y política es lo que anhelaban; y esa etapa ha llegado. La Revolución Conservadora se ha convertido en una realidad efectiva. Sus sueños de un gobierno blanco, de hombres y mujeres exitosos con los cuales desean identificarse, que no sean populistas ni den discursos altisonantes, se ha concretado. Están alegres, tienen motivos de sobra para estarlo, pero en su alegría hay demasiada violencia. Es como si ella se encontrara fundada en una emoción más primaria e indescifrable. Se empujan unos a otros, se insultan desde los automóviles, sus miradas inspiran un extraño entrecruzamiento entre el odio y la indiferencia. 

   Me detengo en un kiosco. Detrás del mostrador, un hombre alto, corpulento, calvo, de unos cincuenta y cinco años habla, casi a los gritos, con otro hombre, aparentemente de la misma edad, pero más pequeño y con bigotes.  Le dice, riendo, que los negros ahora van a tener que trabajar, que se les acabo la fiesta, que las negras van a dejar de embarazarse por un plan. En su porte altivo se nota que es propietario del comercio, no un empleado. En el local  hay aire acondicionado, la temperatura es más baja, sin embargo, el calor es prácticamente igual que afuera. Pido un paquete de cigarrillos. El hombre calvo me lo da como si sus movimientos fueran los de un autómata mientras continua hablando.  Le pago e, instintivamente, me da dos chicles como vuelto sin siquiera dirigirme la palabra.


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