domingo, 28 de julio de 2013

El peronismo conservador y el ocultamiento de Evita





Maximiliano Basilio Cladakis


   "El peronismo es una cáscara vacía, no tiene ideología, ni convicciones, sólo se trata un de un gigantesco aparato burocrático, político y sindical para satisfacer ambiciones personales". La frase es una frase típicamente "gorila"; no caben dudas de ello. La clasificación del peronismo como una monstruosidad viscosa, carente de racionalidad, de convicciones, de ética, de marcos teóricos e ideológicos, es una de las formas fundamentales a partir de las cuales el antiperonismo intenta desacreditar al movimiento político, social y cultural más importante que ha dado a luz nuestro país en los últimos sesenta años. El peronismo es una nada evanescente, que oscila según el momento, para que sus dirigentes se consoliden en el poder y sus adherentes reciban algún beneficio “clientelar”. Al peronista no le importa nada, sólo beneficiarse a sí mismo, se trate tanto de un "puntero" (porque los peronistas no son, según la cosmovisión del antiperonista, "militantes", sino tan sólo "punteros") como de un gobernador, o, incluso, de un presidente/a.

    Sin embargo, si bien este tipo de definiciones surgen del "gorilismo", hay que, reconocer que muchos "peronistas" piensan exactamente lo mismo del peronismo. No es raro encontrarse con autodenominados "peronistas" que piensen del peronismo exactamente lo mismo que piensa un "antiperonista". Precisamente, y poco casualmente, son estos "peronistas" los que mejor se llevan con los "antiperonistas". La matriz ideológica-conceptual del antiperonista, aun cuando algún antiperonista pueda denominarse como "progresista" o "de izquierda", es una matriz esencialmente conservadora. Del mismo modo, varios "peronistas" poseen una matriz ideológica-conceptual igual de conservadora. En efecto, es a estos "peronistas"  a los que quieren, aprecian y respetan los antiperonistas. No es casual, los une el conservadurismo.

    Si la concepción del "peronismo" como "cáscara vacía", es una concepción netamente "gorila", ella misma es, al mismo tiempo, reafirmada y sostenida por varios sectores autodenominados como "peronistas". En este aspecto, cabe destacar la comprensión de la política como mero consenso, como conciliación, como apertura, siempre y cuando el consenso, la conciliación y la apertura sean en relación a los intereses de los grupos dominantes y a los poderes facticos. Hay, pues, un "peronismo" que piensa la política como mesa de negociación y que, explícitamente, vitupera la ideologización de la política, e, incluso, la politización de la sociedad. Al igual que sus pares antiperonistas, estos "peronistas" subordinan la política a las lógicas comerciales, donde todo es una cuestión de negociación. Un "peronismo" carente de ideologías, de límites, donde las tácticas no tienen una estrategia que les otorgue sentido, un "peronismo” que bien podría decir, como lo ha hecho más de una vez, junto a Marx (Groucho): "estos son mis principios, si no les gustan, tengo otros".

    Quien escribe tiene poco más de treinta años, su adolescencia transcurrió durante los años ´90, donde imperaba este último "peronismo", y pensaba del peronismo exactamente lo mismo que los antiperonistas y que los "peronistas" que gobernaban la Argentina. La historia, pues, del peronismo era ocultada, tanto por los antiperonistas como por los propios "peronistas". Este "peronismo " fue, pues, uno de los encargados de ocultar al peronismo, banalizándolo, volviendo a sus fundadores meras estatuas de bronce, manteniendo en las sombras la gesta heroica de hombres como Cooke, Valle, Arrostito, Walsh, etc. Esto fue en los ´90, pero también sucede hoy, entre varios sectores del “peronismo” que claman, a gritos algunos, en voz baja otros, por la conciliación y el consenso, por la unidad de todos los argentinos, en un abrazo a partir del cual los oprimidos y explotados se arrodillen frente a sus opresores y explotadores, a partir del cual las víctimas del terrorismo de Estado se arrodillen frente a sus torturadores.

    En el párrafo anterior se dijo a palabra "banalización" y precisamente una de las figuras más banalizadas por este “peronismo” es, ni más ni menos, que la de Eva Perón, Evita.  Si el "gorilismo" fue quien bastardeó a Evita en vida y la profanó tras su muerte, el “peronismo” conservador, el “peronismo” moderado, el “peronismo” de las “buenas formas”, que tan bien se lleva con el anti-peronismo, es quien la banalizó, quien le robó su identidad, quien la transformó en un fetiche, quien la convirtió y erigió en lo que ella siempre odió. Evita convertida en dama de beneficencia es, probablemente, una de las mayores afrentas que pueden cometerse contra su memoria. En más de una ocasión, la propia Evita dijo que odiaba la beneficencia y la limosna.

    Hablar de “pacificación nacional”, del fin de los conflictos, de la no disputa con los poderosos, de la búsqueda del consenso con el establishment, con una imagen de Evita atrás, es un oxímoron en acto, casi tanto como celebrar el cumpleaños de Marx en un Mac Donalds. Evita no sólo no comprendía la política como consenso y negociación, sino que repudiaba profundamente dicha concepción.

    En Evita, por el contrario, la política guarda un carácter esencialmente agonístico, conflictivo. La historia de la humanidad es, para ella, de manera semejante a la de Marx, la lucha de los pueblos contra sus explotadores. Y su concepción de la política  se enraíza directamente con esta concepción de la historia. Evita no es la Gran Dama de Beneficencia, es la luchadora inclaudicable de los intereses del pueblo contra las oligarquías, contra el imperialismo, contra el capitalismo incluso. En Mi mensaje, Evita sostiene férreamente:

¡Los imperialismos! A Perón y a nuestro pueblo les ha tocado la desgracia del imperialismo capitalista. Yo lo he visto de cerca en sus miserias y en sus crímenes. Se dice defensor de la justicia mientras extiende las garras de su rapiña sobre los bienes de todos los pueblos sometidos a su omnipotencia. Se proclama defensor de la libertad mientras va encadenando a todos los pueblos que de buena o de mala fe tienen que aceptar sus inapelables exigencias.

   Anti-imperialista, anti-oligárquico, jacobino, plebeyo, clasista, el pensamiento y la obra de Evita son polos antagónicos de aquello que los “peronistas” conservadores sostienen política e ideológicamente. En su texto Peronismo y liberación nacional, Conrado Eggers Lan sostiene que, si bien Evita no pertenecía a la Izquierda (el autor pone la mayúscula ya que, con la palabra “Izquierda”, se refiere a los tradicionales Partido Socialista y Partido Comunista), sí era de “izquierda” en tanto poseía un carácter profundamente revolucionario y clasista. Precisamente, hay dos formas de comprender la política que se corresponden a dos marcos ideológicos-conceptuales bien diferenciados. Por un lado, la concepción de la política como conciliación, negociación y consenso que culmina en un posibilismo que no hace más que perpetuar el orden establecido. Por otro lado, la concepción de la política como lucha y conflicto con los poderes fácticos para transformar el mundo en pos de los oprimidos, de los excluidos, de los, en términos evangélicos, “últimos”. No caben dudas de que la concepción política de Evita se enmarca en esta última.

   En este sentido, cabe destacar, que, en Evita, al igual que en el Che, se dan como sentimientos entrecruzados, el amor y el odio. El amor hacia el pueblo, el odio hacia sus opresores.

 Como el viento que no distingue entre borrar las nubes del cielo y sembrar la desolación en su camino. No entiendo los términos medios ni las cosas equilibradas. Sólo reconozco dos palabras como hijas predilectas de mi corazón: el odio y el amor. Nunca sé cuando odio ni cuando estoy amando, y en este encuentro confuso del odio y del amor frente a la oligarquía de mi tierra -y frente a todas las oligarquías del mundo- no he podido encontrar el equilibrio que me reconcilie con las fuerzas que sirvieron antaño entre nosotros a la raza maldita de los explotadores.

   Si un “peronista” conservador, lee estas líneas, vale aclarar, una vez más, que no son palabras ni de Lenin ni del Che, sino de Evita. Claro, muchos “peronistas” conservadores, tienen los mismos sentimientos que Evita, pero puestos en objetos distintos: el amor hacia las oligarquías y el odio hacia los pueblos (Digresión: esto se ve claramente cuando sonríen alegremente en alguna reunión de la Sociedad Rural, al tiempo que vituperan la Asignación Universal por Hijo o los “Planes Descansar”). Además, como se ve claramente en la frase citada, Evita no es una “nacionalista” sin más, pues, si bien ama a su patria (nuestra patria), condena “la raza maldita de los explotadores” de todo el  mundo. 

   Queda claro, entonces, que el campo de la acción política se divide, para Evita, en dos frentes: por un lado, el frente de los explotadores; por otro, el de los explotados. Aunque también están los indiferentes, los cuales son a los que más desprecia. Una cita más para despejar dudas:

Los tibios, los indiferentes, las reservas mentales, los peronistas a medias, me dan asco. Me repugnan porque no tienen olor ni sabor. Frente al avance permanente e inexorable del día maravilloso de los pueblos también los hombres se dividen en los tres campos eternos del odio, de la indiferencia y del amor. Hay fanáticos del pueblo. Hay enemigos del pueblo. Y hay indiferentes. Estos pertenecen a la clase de hombre que Dante señaló ya en las puertas del infierno. Nunca se juegan por nada. Son como "los ángeles que no fueron ni fieles ni rebeldes.

    ¿Dónde quedan, entonces, los que, en nombre de Perón y Evita, piden mesura, poner  fin a los conflictos, dejar de generar antagonismos entre los argentinos, etc.? ¿Se trata de un problema de exégesis? Esto último parece difícil ya que las palabras de Evita son bastante claras. Muy probablemente, estos “peronistas”, tan elogiados por los antiperonistas, sean los herederos directos de aquellos que, hace más de sesenta años, denunciaba Evita: los oligarcas que se escondían dentro del  peronismo y que eran (y son) el principal enemigo del movimiento. Son estos peronistas los que vuelven al peronismo una “cáscara vacía”, no solamente vaciándolo de su contenido trastocador del orden establecido, sino otorgándole un contenido contrapuesto al defendido por Evita. Porque, si bien hablan en contra de la “ideología”, estos “peronistas” conservadores, tienen una ideología: la de defender los intereses de las corporaciones, los de los poderes fácticos y los de las clases dominantes. La no ideología es una ideología, una de las más férreas y conservadoras; tal vez, la más dogmática de todas ellas.

   Evita decía que “el peronismo será revolucionario o no será nada”. Precisamente, el objetivo del “peronismo” conservador, oligárquico, (que, para Evita, no era “peronismo”) es realizar el segundo término de la disyunción; es decir, que el peronismo no sea nada, o sea, una cáscara vacía.



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