martes, 23 de mayo de 2017

Un silencio





Leandro Pena


Un silencio
vibra en mi cuerpo.


Eco:

No es la ausencia de la palabra.




Su brote silencioso.


martes, 16 de mayo de 2017

Diosa




Maximiliano Basilio Cladakis

   Se mira al espejo. Es perfecta. Sus cabellos, sus labios, sus ojos, sus pechos; todo se enmarca en una voluptuosa y soberbia armonía. No hay nada de más, ni nada de menos. Su cuerpo es una obra de arte. Gimnasios y quirófanos tallaron esa perfección durante años. Alguna vez, quizá, fue una mujer. Sin embargo esos días quedaron atrás, pues ya hace tiempo que se ha transfigurado en una deidad. Cuando la ven, los hombres, y también algunas mujeres, suelen afirmar aquella esencia divina llamándola “diosa”.

   “Diosa”, la palabra resuena en su mente y sonríe. La belleza diviniza y lo divino implica poder. Ella tiene poder, y lo sabe, sus devotos se lo demuestran día tras día. Además, su poder es absoluto ya que todo poder se mide por la fuerza del poder que se le resiste, y no hay nada que se resista a ella. Sin embargo, la carrera hacia la divinización no es fácil. No toda mujer lo logra, muchas caen en el camino. Eso la hace sentir aún mejor. Es de las pocas que lo han conseguido, es, por lo tanto, casi única.

    Si bien, a veces piensa que sacrificó mucho en esa carrera, cuando se halla frente al espejo, lo sacrificado le parece una simple banalidad. El espejo es un émulo de la mirada de los otros, un instrumento que le permite ver lo que todos, salvo ella, pueden ver, lo que ella es para los otros: objeto de deseo, objeto de admiración, objeto de culto. Se extasía, al igual que todos,  frente a esa imagen, deseando fundirse con ella, anhelando que ese ínfimo pero insuperable abismo que las separa deje de existir de una vez por todas. Por eso mismo, en aquel éxtasis que la invade, habita, también, el dolor de quien sabe, al menos inconscientemente, que persigue una quimera imposible.

    Ella no puede pertenecerse a sí misma porque, al fin de cuentas,  ella es de los otros, ella son los otros, ella no es ella.

miércoles, 26 de abril de 2017

Sobre la teología neoliberal



Maximiliano Basilio Cladakis

   El neoliberalismo, en tanto horizonte histórico y cultural (reducirlo a un simple modelo económico es un error que puede acarrear graves consecuencias), representa el estadio más avanzado, al menos hasta la fecha, de la divinización de las riquezas. Con razón,  Marx sostenía que el despliegue del capitalismo había representado una desacralización de los distintos ámbitos de la existencia humana. Sin embargo, dicha desacralización tuvo por correlato una forma otra de sacralización: a la muerte de los viejos dioses le siguió la apoteosis de un nuevo dios, único y omnipotente, cuyo culto se transfiguró en culto absoluto de la humanidad. El momento neoliberal del desarrollo capitalista es una profundización y radicalización de este fenómeno. La globalización de los mercados, la transnacionalización de la economía, la inmaterialidad de las riquezas son elementos centrales a la hora de comprender la época que se alza en torno nuestro.

   Si bien, desde los orígenes mismos de la historia, ha existido el culto a las riquezas y, también, las críticas a este culto, como lo dejan ver las obras de Platón, las de Aristóteles, las de Séneca, etc.,  el neoliberalismo lleva al extremo el sentido cultual de la acumulación de riquezas. Se trató de un proceso gradual, de siglos, donde la riqueza fue adquiriendo un sentido cada vez más abstracto y universal: de la tierra al oro, del oro al dinero en papel,  del dinero en papel al dinero inmaterial de los flujos financieros. La riqueza, hoy en su forma de capital-liquido, se presenta como articuladora de  todas las facetas que involucran la experiencia de los hombres. El destino, tanto de los individuos como de las comunidades, depende de ella. Y al depender de ella, cada uno lo hace su verdadero objeto de culto.

   En el Nuevo testamento, Cristo dice que “ninguno puede servir a dos señores; porque aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro”, refiriéndose a la imposibilidad de servir a Dios y a las riquezas. Más allá de la profesión de fe que se haga, la sentencia crística es inobjetable. El culto real no es el que simplemente se dice, sino que es el que se vive, y el capital es un dios más celoso que Jehová. En el horizonte neoliberal, la riqueza no es un medio, sino un fin en sí mismo, la riqueza es, pues, Dios, el único Dios verdadero, al único que se sirve realmente y todo valor surge de su culto. La indiscutibilidad de los criterios de calculabilidad y de eficiencia, por ejemplo, tienen como finalidad la maximización de ganancias y estos criterios se presentan como valores axiológicos que se superponen a cualquier otro valor. Incluso, valores tradicionales como la solidaridad o la compasión pueden ser condenados como pecados veniales si ponen en riesgo el acrecentamiento del capital.

   Esto último es fundamental para comenzar a pensar el sentido teológico del neoliberalismo. Todo culto tiene un matiz sacrificial. En el paganismo clásico, el sacrificio de Ifiginea llevado a cabo por su padre Agamenón en pos del interés común, es un ejemplo notorio; como lo es el de Isaac por Abraham en el Antiguo testamento; y, como lo es, en el cristianismo, el de propio Dios para redimir a la humanidad. El neoliberalismo guarda, también, una lógica sacrificial. Es sabido que se trata de un sistema que arrasa vidas por millones. Sin embargo, estos asesinatos en masa no son contingentes sino que son absolutamente necesarios para realización de su culto. Los valores de cálculo y eficiencia, como dijimos, no pueden ser contrariados por ningún otro valor. La riqueza exige que todo se rinda ante ella, quien anteponga la solidaridad, la compasión o se deje interpelar por el dolor del otro será excomulgado del mercado. Y el mercado es el templo donde el dios es celebrado más devotamente y donde sus fieles ofrecen sus más indómitos sacrificios apelando, muchas veces, a una racionalidad que no es otra cosa que un instrumento de su fe. 

Una fe quizá más férrea y dogmática que la de aquellos que, siglos atrás, dieron nacimiento a la Santa Inquisión

lunes, 23 de enero de 2017

Ronda de muñecas

Leandro Pena



Ayer fui a ver la presentación de un libro. El lugar era cálido y un tanto oscuro como a mí me gusta. Había también allí música tranquila. Me senté y abrí el índice del libro que finalmente se daría a conocer todos los lectores. Uno de los títulos que marcaba el listado era La ronda. Mientras los autores hacían la sinopsis del texto me acordé de la pequeña ronda que duerme en mi frente desde hace tiempo. Son ideas vestidas de muñecas. Las puedo identificar bien: son mujeres jóvenes, tienen rostros pálidos, cabellos largos y negros y túnicas blancas. Ellas giran cada tanto en punta de pies en mi frente. La ronda es lenta. O para un lado o para el otro. Mi deseo es que se suelten y salgan, sean libres. Vuelen como mariposas y naden como peces. Sin embargo, no logro que desaparezcan cada tanto regresan. Suelen aparecer evocando momentos álgidos.

En la imagen de la tapa del libro hay cinco mamuschkas. Una mamuschka es una muñeca en cuya interior hay otras y suelen ser impares y se encastran unas con otras. Son muñecas que no hacen ronda sino que esconden otras de modo sucesivo hasta que la última, no esconde nada. Sin embargo, estaba colorida y sonriente como las otras. De pequeño me decían que una mujer la tenía que tener en su mesa de luz como pedido de fecundidad En la portada del texto se ve a las mamuschkas separadas y una a media separar con otra adentro que asoma. En el piso, donde están apoyadas, hay como una capa gelatinosa y amarilla. Bien podía ser un caramelo potente y dulce. O una cápsula blanda, gelatinosa y partida de Ibuprofeno seiscientos mg.

Siento que, las muñecas de la ronda, han sido guardadas en el placard de mi mente desde mi niñez. Ellas han sido el producto de los avatares de una casa, donde la violencia y el incordio eran el oxígeno y el polvo que las habitaba. Grises han sido sus colores. Al recordarlas me brotan unas lágrimas que no se animan a salir de mis ojos y siento en mi pecho una extraña liberación.

Van pasando los años y cuando llega la Navidad siempre tengo el recuerdo de un famoso carrousell que en la casa de mi madre repetía una música monótona y unas muñecas aparentemente jóvenes y vestidas de colores rojo, amarillo, azul, verde y negro se movían en forma de ronda al compás de la música tradicional de las fiestas. La Navidad era, en mi niñez, como esas muñecas que siempre sonreían mientras miraban fijo. Había que sacarlas dogmáticamente una vez al año para encenderlas y que pregonaran la alegría de un arbolito verde y colorido de Navidad comprado en un bazar de Barrio Norte cuya estrella gris y lentejuelas espejadas reemplazaban el pico. La estrella, comentaban en mi casa, era muy importante porque era el signo de la esperanza. Todo parecía tan feliz y colorido que hasta podía pensar que nacía de nuevo y que las rupturas más profundas eran tocadas por estas muñecas y los reflejos de las lucecitas navideñas que se encendían y apagaban al sonido del ding dong dang, ding dong dang, vamos a cantar que este día hay que festejar susurraba la melodía instrumental que acompañaba el centelleo multicolor.

¡Feliz Navidad, nació el salvador! Se escuchaba en las reuniones familiares apenas avisaban que eran las doce. Allí las muñecas en ronda repetían la música del carrousell que solí aturdirme cada vez que nos reuníamos en nochebuena. Tan mágico se volvía todo como los fuegos artificiales que de niño me gustaba tirar en la casa de mi abuela. Claro que, pasada la media hora del veinticinco, el cielo se volvía oscuro de repente. Solo podía ver algunas estrellas que aún hoy titilan.

Recuerdo que mi maestra de primer grado se llamaba Graciela. Ella venía con un guardapolvo azul a tono con el color de sus ojos. Sus zapatos negros cerrados lucían siempre impecables. Las uñas estaban pintadas de rojo y sus labios lucían un rouge sobrio pero bien marcado. Era de tez blanca y unos cabellos lleno de rulos formaban un rodete. Las mujeres que daban clase, hacia fines de los setenta, debían tener el cabello recogido.

El timbre de la formación tocaba a la una de la tarde. Graciela siempre con su dedo índice señalaba el lugar donde debíamos formar haciendo fila desde los mas bajos hacia los mas altos. Graciela repetía diariamente: “Alumnos: a dos baldosas de distancia” Nosotros mirábamos el mosaico que era de un rombo rojo con fondo gris en el amplio patio del colegio donde se hacíamos la formación. Luego decía: “Tomen distancia del hombro de su compañero para calcular bien”. Al llegar al aula, Graciela estaba parada afuera del recinto y señalaba con su índice que fila entraba primero. Si algún alumno se apuraba a entrar o salteaba la columna armada, la fila salía y volvía a ingresar.

Al salir del Colegio, a veces, cruzaba de la mano con mi madre la plaza Colón. Íbamos a su trabajo a buscar algunas curaciones que ella debía hacer a los pacientes cuando terminaba su labor. Entrábamos por el pasillo largo del sanatorio y al final había un pequeño dibujo circular de una mujer delgada y de nariz perfecta y cuyo dedo índice formaba una cruz con sus labios finos y delgados. Debajo de su imagen estaba escrito en imprenta negra. “El silencio es salud

Los martes y los viernes viajo al barrio de Núñez a compartir unas horas de clases con los estudiantes del secundario. Salgo temprano porque siete y cuarenta y cinco empezamos. Al bajar del quince en Crisólogo Larralde y Libertador, unas figuras esbeltas con cola de caballo y calzas negras ajustadas se encuentran haciendo cinta en un gimnasio. Las veo porque el vidrio es lo que separa la vereda de los aparatos donde ellas se encuentran.

Este invierno ví una sola mujer. La observo y parece un maniquí que mueve sus piernas en la cinta. Sus movimientos son mecánicos y permanentes. Su mirada rígida a un punto ciego está firme. Su cuerpo estaba erguido y su transpiración brotaba de su tez. Me detuve para mirar lo extraño que era un cuerpo humano impávido sudoroso pero que no pestañaba solo se movía. Me preguntaba en ese momento si realmente ella estaba respirando. Seguí caminando y por un instante la sombra de una de mis muñecas apareció en mi frente.

Ayer comenzó el verano. Es la madrugada del domingo. Faltan unos días para la noche buena. Tengo el presentimiento que esa mujer, sigue allí el balancín del movimiento de la cinta del gimnasio, mientras ve, por los vidrios del club, los autos que pasan por la avenida Libertador a la altura del Barrio de Núñez.

No he podido lidiar definitivamente con esa cuestión. Llevo muchos años preguntándome sobre el origen de las muñecas y resulta tan fácil responderlo como difícil deshacerme de ellas. Solo puedo escribir y convertirlas en palabras.

Durante los años posteriores a mi separación conocí a varias mujeres. Por unas u otras razones el tono de voz, su rostro, su pelo, su olor, su mirada me recordaba algunas de las muñecas de la ronda. Me di cuenta de que me habían enseñado, desde pequeño, que la mujer era como una de esas muñecas y que había que encontrar. Mujer fecunda y prolífera amamantando y limpiándole la baba al niño que termina de mamar la teta transpirada de la acalorada succión. Mujer arbolito de navidad, siempre alegre, brillante y sonriente. Mujer educadora y formadora de hábitos; siempre formal. Mujer esbelta con pechos bien marcados con redondeles curvilíneos, bien alimentada con vegetales sanos y yogurt cero por ciento en grasa para estirar la piel en el “gym” quedando todo perfecto.

Muñecas paradigmas, muñecas que rondan, muñecas que vuelan, muñecas que se van, muñecas que se esfuman. Como los pájaros de un bosque que se termina de quemar.

He vivido tanto tiempo con esas mujeres-muñecas dentro mío que cuando salen me da miedo de que no vuelvan nunca más. Creo que más allá de todo ése, ése es mi deseo.




miércoles, 30 de noviembre de 2016

El culto



Maximiliano Basilio Cladakis

   Mammon aguarda, en silencio, con los ojos cerrados y las manos apoyadas sobre las piernas entrecruzadas. Adrian juega con una pequeña cruz entre sus manos, nervioso. Una elección absoluta que sellará su destino por siempre se abre ante él como un abismo inhóspito. “Ninguno puede servir a dos señores; porque aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro”. La sentencia se repite infinitamente en su mente mientras los grises se desvanecen presentándose como una ficción a la que se recurre únicamente para justificar pequeños y mezquinos actos cotidianos. Al fin de cuentas, siempre se trata de “blanco” o “negro”. Adrian no sólo lo sabe, sino que lo vive. Una profunda sensación de indeterminación recorre cada parte de su cuerpo; cada uno decide por el blanco o por el negro, sin excusas; el peso de la libertad ahoga todo intento de  justificación. “La angustia es el vértigo de la libertad”. El futuro, la familia, el reconocimiento de los otros que se consuman en la supuesta magnificencia de ser alguien; mandatos y promesas de paz perpetua lo atraviesan en carne y alma. Lo otro es la nada. Sin embargo, esa nada también lo corroe. La mera gratuidad de existir, del inefable “porque sí”, la dicha de los desdichados. “Sólo por amor a los desesperados mantenemos aún la esperanza”. Todo eso también tiene sentido, tanto o más que lo otro. O, quizá, no haya algo que tenga sentido sino que al elegir y elegirse aparece un sentido hasta entonces inexistente. La elección genera el culto, no al revés. Dos cultos, una elección, según la elección un culto existirá y el otro no. “Cada hombre es responsable de todo ante todos”.  Adrian suspira. Lleva a cabo la orden. Lo hace porque sí, porque elige hacerlo, porque elige creer en su futuro y en su progreso, ideales casi mesiánicos que decide transformarlos en una realidad tan maciza como el acero. Aprieta un insignificante botón y cientos de personas quedan sin trabajo. La cruz cae de su mano y Mammon abre los ojos sonriendo.


lunes, 31 de octubre de 2016

Sacralidad



Maximiliano Basilio Cladakis

  Entro a la catedral. Me persigno. No soy creyente pero igualmente lo hago. Es una señal de respeto, aunque no tengo en claro hacia qué se dirige ese respeto. No creo que se trate de Dios, mucho menos de la Iglesia como institución. Quizá se trate del silencio, de los vitro volviendo sobrenatural  la natural luz del sol, de la imagen de Cristo sobre la cruz que se yergue, sangrante, detrás del púlpito. Quizás se trate de la comunión de todos estos elementos y de algunos otros que se despliegan más allá de mi comprensión.

   El recinto se encuentra casi vacío. Sólo hay un grupo de tres hombres mayores que murmuran. Oigo frases sueltas. Hablan como si estuvieran en un bar. “La mina esa es una puta”, dice uno. “A esos negros hay que meterles bala”, dice el otro. “Son unos pecho frío, empataron contra esos muertos”, pronuncia el tercero.  Sin embargo, aunque resulte paradójico, sus habladurías no logran perforar el silencio, sino que, por el contrario, lo acrecientan aún más. Precisamente, cada cosa, para definirse, necesita de su contrario. El silencio no sería silencio sin las habladurías y las habladurías no serían tales sin el silencio. Se definen unos a otros, negándose y, al mismo tiempo, necesitándose. 

   Me siento en un banco y continuo pensando en ese hecho que parece atravesar todas las cosas. Miro la imagen de Cristo y recuerdo a Judas. La bajeza de Judas hace más gigante la grandeza de Cristo. Lo mismo ocurre al revés. La grandeza de Cristo hace más ruin la bajeza de Judas. Cristo es Dios hecho carne, lo absoluto eligiendo hacerse mortal para salvar la humanidad. Dios se entrega a sí mismo y a su hijo a los horrores del mundo. Se vuelve carpintero, se rodea de pobres, de leprosos, de prostitutas, muere luego de un calvario de doce horas. A Judas sólo le interesan un par de monedas de plata.

   Cotidianamente, suelo definirme como ateo. Sin embargo, siempre tuve una fascinación por Cristo, o, mejor dicho, por lo crístico, ya que lo crístico no se agota en Cristo. Sócrates, Espartaco, Bruno, el Che son tan encarnaciones de lo crístico como lo es el propio Cristo. Desde adolescente encontré en ello la verdadera sacralidad,  lo realmente trascendente del espíritu. Lo humano superando lo humano desde y por lo humano, la conquista de sí por el sacrificio de sí, la finitud logrando la infinitud por medio de la misma finitud. En esas aparentes contradicciones habita lo sagrado. Es una certeza que, de seguro, me acompañará hasta el fin de mis días. 


   En última instancia,  yo también soy un hombre de fe. Y miento cuando digo que no soy creyente.  

domingo, 30 de octubre de 2016

Política, conflicto, opresión

opinión. Agora...a diario 30/10/2016




Maximiliano Basilio Cladakis

   La existencia humana es una existencia política.  Existir en el mundo es existir junto a los otros. Cada existencia se despliega en relación a las otras existencias, instituyendo la historia colectiva de la humanidad. Aristóteles lo señaló muy claramente en las primeras páginas de su Política: el hombre es un animal político. Por lo tanto, negar la política es negar la propia humanidad. La etimología de la palabra “idiota” es significativa en este aspecto. Los griegos designaban como idiotes a aquel cuya vida se limitaba a lo propio, a lo particular, es decir, a aquel que no tomaba partido en los asuntos de la polis, de la comunidad.  La existencia autentica del hombre se da sobre el horizonte de un mundo y de una historia donde los destinos particulares se entretejen con los destinos colectivos.

   En ese entrecruzamiento, el conflicto es una noción central. La vida colectiva implica diversidad y oposición, intereses opuestos, cosmovisiones antagónicas, disputas, luchas. El sentido conflictual, agonístico de la vida común tiene un eje nodal, una oposición primaria: la opresión. La opresión es la relación esencial sobre la que se articula la historia y la política. Marx lo expresó en la célebre frase del Manifiesto comunista acerca de que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases.  El antagonismo entre opresores y oprimidos se revela, a lo largo de los siglos, como oposición originaria. La opresión es la realidad efectiva de la historia. Toda idea, en torno a la política y a la historia que intente velar este hecho es una toma de posición a favor de los opresores. “Hay opresión”, se trata de una verdad insoslayable cuyo velamiento significa complicidad. Los discursos del dialogo y del consenso que parten de la falsa idea de una igualdad ya realizada son meros artilugios de la derecha para seguir reivindicando sus privilegios de clase. Pues ser de derecha es elegirse a favor de los opresores.

   Existir nos coloca ya en la inexcusable obligación de tener que elegir. Se trata de una elección radical que pone en juego no sólo nuestra subjetividad sino a todos los demás hombres: se está del lado de los opresores o de lado de los oprimidos. Se trata de una elección total y absoluta que define a cada uno y a su mundo circundante. Se existe políticamente en el mundo y ese existir implica una toma de partido. Se está a favor o en contra de la opresión, se está a favor o en contra de la deshumanización de las capas más amplias de la población mundial. Siendo la opresión un hecho, no hay forma de no tomar posición. Incluso, elegirse como idiotes es elegirse a favor de los opresores. La apoliticidad, además de negar a propia humanidad, nos hace cómplice en una historia donde la opresión dirige los destinos de la humanidad.